jueves, 27 de julio de 2023

La venganza es un plato que se sirve frío

Ya estábamos en segundo semestre y quien les escribe tenía el honor de ser alumno distinguido, lo cual traía consigo una serie de privilegios como ser eximido de participar en disciplinarios grupales y, más importante, salida todos los miércoles por la tarde... y así comienza nuestra historia. Llegaba yo a la escuela después de una de mis salidas, a eso de las 11 de la noche, y luego de la presentación al Fifo de turno, de cuyo nombre no me acuerdo ni quisiera recordar tampoco, me dirigí en la oscuridad a mis aposentos, que se asemejaban a un establo en el que 20 animales roncaban a pata suelta. Luego de quitarme la tenida junto a los lockers me dirijo en silencio a mi cama y me encuentro con que el colchón estaba en el suelo y mis pegajosas sábanas anudadas y regadas por toda la comarca. La situación descrita no era un procedimiento anormal dentro de los confines de la escuela y se aplicaba generalmente a modo de escarmiento ante alguna afrenta a la bandada o escuadrilla o alguna abierta deslealtad de alguno de sus miembros; sin embargo yo no recordaba haber caído en ninguno de aquellos delitos, no hasta ese momento al menos, por lo que la razón para ello permanece un misterio hasta el día de hoy. En fin, en vista de las circunstancias no me quedó más remedio que apañármelas solito con el colchón y tratar de desanudar las sábanas, todo ello en medio de la oscuridad. Y en eso me encuentro, maldiciendo a viva voz ante un nudo particularmente complicado, cuando de entre las sombras se aparece el Fifo y me espeta estar faltando el respeto a mis compañeros rompiendo el silencio de su descanso, ordenándome salir al pasillo con el colchón a cuestas a modo de castigo. Les juro que no recuerdo cuantas vueltas a las escaleras estuve dando, parrí’a y pa’bajo, sólo recuerdo que los peldaños ya estaban mojados con mi transpiración y que las piernas me temblequeaban ante el esfuerzo. Ya cadete, ahora vaya a acostarse, me ordena el Fifo y parto rengueando hacia mi cubículo, maldiciendo en mi interior a la señora madre del Fifo y a las mamitas de todos quienes eran responsables de aquel inmerecido suplicio. Para colmo de males, ni pensar en el descanso inmediato pues, entre otras cosas, mis sábanas aún estaban regadas por el suelo, de modo que me dispongo a tratar de resolver el acertijo de nudos que me llevó al calvario cuando se aparece el señor subfifo exigiendo una explicación por todo ese despelote. Para más desgracia el subfifo era amigo mío, por lo que le explico en un lenguaje bastante coloquial la razón de mis desventuras, agregando al final que si veía por ahí al maricón de mierda del fifo le diera un besito de mi parte. No bien termino esa frase cuando, de nuevo de entre las sombras, se aparece el aludido… Por la concha de mi madre… cómo les explico cabros… en fin, esta vez sí que fue sacadero de cresta en grande, más de media hora en la losa, a medianoche solos él y yo… y mi fiel colchón claro, cuyo tamaño ayudaba a que la luna no pudiera ver la humillante escena de un exhausto cadete Petersen vomitando hasta el alma. En medio del oprobio me encontraba cuando se aparece por la losa el señor oficial de servicio, teniente(A) Sr don Ricardo Ortega, quien en su infinita bondad procede a detener la carnicería y a penquearse al sádico por idem, ordenándome volver a la cama. Como pude agarré mi colchón y maldiciendo por lo bajo a la gran puta de la madre y la hermana y las putas tías del conchesumadre de servicio y a otras que no quiero nombrar por cariño a mis camaradas de bandada, volví al dormitorio para proceder, esta vez en completo silencio, a arreglar el amasijo de mi cama y pasar el resto de la noche mirando el techo y rumiando mi venganza. Quiso el destino que al día siguiente, a la hora del almuerzo, sirvieran esa pasta de humita, una crema pastelera de consistencia gredosa y alta tensión superficial que la hacían pegarse al plato incluso en vuelo invertido, despreciada por todos excepto por este carnacha que a menudo terminaba zampándose casi toda la fuente de 8 porciones… tenía también la particularidad de poder generar más gases que todo el oriente medio y claro, después de aquella poco frugal merienda, mi pobre estómago ya estaba sufriendo eventos cataclísmicos. Llegada entonces la hora de la cuenta de la tarde, en el patio escuela frente al palafito, y estando todos formaditos en posición firme, su servidor comienza a ejercitar sus tripas y, en un esfuerzo descomunal, lanza a los cuatro vientos a la madre de todos los peos. En completo silencio eso sí, como peo de visita. Y llegados los efluvios a las narices de nuestro bienamado brigadier, Sr. Carlos Mandibulín Rivera, éste hace amago de evacuar la zona contaminada y exigir, indignado, el nombre del terrorista. Silencio en las filas. –“Quién fue”, volvió a la carga Rivera, -“no me gustan los fondeados!”. Silencio en las filas. –“Muy bien, ya que el fondeado no quiere dar la cara, toda la bandada tendrá disciplinario esta noche, excepto Petersen por ser alumno distinguido”. Y así fue, queridos camaradas, cómo este Mono pudo acostarse con toda tranquilidad esa noche, mientras a los desleales les sacaban la cresta en la losa. La venganza es un plato que se sirve frío.