La multitud obedece más a la necesidad que a la razón, y a los castigos más que al honor.
Aristóteles
En un veraniego atardecer de inicio del año 1977, en donde aún los recuerdos de las suculentas vacaciones estaban frescos, escucho ¡Salir todo el curso de Subalféreces del Casino y formar afuera del recinto!. Esas eran las palabras de un compañero de curso que pasa cerca mío y confirma que se nos acababa tempranamente el divertimento y lógicamente significó soltar al "reclutón" de turno, apagar los puchos, aún largos y salir corriendo para llegar antes que el Alférez de Servicio dijera "……. 2, 3 Subalféreces Altooooooo !".
Luego de llegar al punto de reunión, me percato que todos concurríamos desde distintos lugares para juntarnos una vez más en torno a la 1ª, 2ª y 3ª fila. Levemente agitados debido a los efectos nocivos del período estival aludido anteriormente. Recuperábamos el aliento y tomábamos conciencia de que se trataba nuevamente de una formación de escuela y ante los gestos y preguntas que nos hacíamos para explicar la situación, muchos nos encogimos de hombros y luego decíamos "….no tengo la menor idea h…..".
Expectantes, atentos y nerviosos por esa inusual formación; no obstante el ambiente era normal y como buenos chilenos, la incertidumbre y curiosidad sirvió para que comenzaran las fantasías y en eso si que éramos buenísimos. Los más atrevidos y cancheros se esmeraban para encontrar alguna explicación al fenómeno y las posibilidades iban desde una Salida General, por que supuestamente las calderas habían colapsado, hasta una movilización de las FFAA, decretada por la Junta de Gobierno.
Las órdenes las daba el Fifo, el que era secundado por su fiel Subalférez de Servicio, que por las chiquilladas del destino se trataba del singular, para nada moderado e histriónico Alejandro Segura. Ambos para esa época del año, estaban debutando en sus nuevas funciones y en conjunto se constituían como los personajes más urgidos, histéricos y estresados de la escuela, sobretodo en ocasiones como las que relato, en que por lo inusitado de la formación, pocos se enteraron y eso implicaba que la cuenta no calzara. Si además le sumamos la mirada del Oficial de Servicio por sobre sus hombros, ni hablar.
Dicho sea de paso, este último actor, era nada menos que Don Víctor Rodríguez Slimin, más conocido por su nombre de combate: el "Rata". Hombre cuyo apodo le calzaba en plenitud a su personalidad y que se mostraba ansioso, como era su costumbre y con esa predisposición, la escena era de un singular histerismo.
Entremedio de los personajes hasta ahora descritos, se podía distinguir un muchacho de aspecto desgarbado, moreno, que su rostro traslucía una incógnita tremenda, como diciendo "Dónde estoy?", "Qué es esto ?". Ese era el afamado Cadete Scavia y si afinábamos la visión podíamos percatarnos que estaba semi-mojado; vale decir, la parte superior de su fatiga estilando y las piernas parcialmente secas. Pero, salvo esa particularidad, nada hacía sospechar el huracán que se nos venía encima.
¡ Adiscreción !. Fue el rugido del Rata, después de recibir la cuenta. ¡ Poner atención los Subalféreces !, ruge nuevamente. ¡ Acá tengo a un recluta que dice haber cumplido la orden de un Alférez, que lo mandó a ducharse, pero vestido!................... ¡Por lo tanto quiero que pase al frente el desatinado!. ………………………..…………………(silencio sepulcral)…………..……..……………… ¿Nadie ?.......¿ Nadie mando a la ducha a este reclutón ?.............(silencio eterno).
Los que no teníamos nada que temer, nos sentimos aliviados de no haber sido el bromista o el agraciado, si es que se le puede llamar así. Pero éste fue un estado pasajero, por que a medida que pasaba el tiempo y el mutismo era más marcado, nos comenzamos a creer incluso culpables y surgían hasta las ganas de hacer un acto de heroísmo puro y decir: yo fui !!, para darle una pronta salida, digna y meritoria al asunto. Sin embargo, a medida que se hacía manifiesta la actitud de fondearse del verdadero culpable, ya no quedaba espacio para aquel acto de arrojo, por que éste significaba la auto inmolación. En ese momento me dije: El tema va para largo.
El Rata toma su primera resolución y ordena que el Cadete pase una revista a la Escuadrilla completa. El recluta comienza sus pasos por el frente de los hidalgos Subalféreces y éstos en posición firme y casi sin respirar, fueron sometidos al impensable movimiento. Uno a uno fue pasando por la primera fila y todos, en lo más íntimo de nuestros espíritus, asumíamos dos acciones: primero rogábamos para no ser identificados, ya que considerando el grado de confusión que reinaba, el desatinado podría ser cualquiera de nosotros. Si eso pasaba, ¿cómo explicábamos que no éramos?, ¿cómo nos sacábamos ese manto de deslealtad, desatino y deshonra?. Y segundo, preparábamos nuestros más extremos reparos y reproches a quién saliera reconocido, por el mal rato que nos había hecho pasar y por los conceptos valóricos pasados a llevar - obviamente que sin considerar que momentos antes habíamos estado jugando con los "reclutones", léase en forma literal y en el marco de esos juegos, a muchos seguramente los habrán mandado a ducharse, solo que a Scavia no le pareció anormal hacerlo con ropa.
Nada, el cadete pasó observando a cada uno de nosotros, dudo que nos haya mirado y no hubo caso de reconocer a su verdugo. El problema ya era mayor. El Rata, teniendo en consideración que la tarde estaba avanzada, nos ordena giro a la derecha, en dirección a la losa, a un terreno más ad-hoc, en donde había mayor espacio y luz para su segundo designio.
El lugar elegido para ésto fué el sector sur-este de la losa de estacionamiento de aviones, apegaditos a la antigua edificación que albergaba al Tatami y la Sastrería de Cadetes. Pero dada la lógica del Oficial de Servicio, conocedor del régimen de Colorado Springs, el trayecto indudablemente tendría sus complicaciones y una perspectiva baja,….muy baja, por cuanto lo que hicimos fue dirigirnos a la losa con el paso del enano. No me hacía reír nadie, ni el Condor que nos observaba con su real cresta, detrás de un árbol añoso, testigo de las penurias de generaciones y generaciones de Cadetes.
En ese curso de Subalféreces, del año 1977, había un personaje singular y este era el Subalferez Alejandro Olivares, hombre corpulento cuyo rostro denotaba un buen pasar culinario, de fácil sonrisa, tosco de piel y pelo pincho en degradé - el cabello al cielo, de tono negro en el top, perdiendo el color a medida que bajaba y terminar blanco, en las zonas del cuello - su aspecto físico siempre dejaba mucho que desear, debido a sus glándulas sudoríparas, las que se manifestaban todo el día y sobretodo en verano, mojando su fatiga en los lugares más insospechados. En resumen, su lock era similar al fogonero de la Corbeta Esmeralda, en pleno combate y para nada pasaba como candidato a Abanderado o a Tambor Mayor; más bien, era postulante a fusilero y merecedor de la típica frase del entonces Teniente Sergio Canales Valdés, quien gritaba: ¡ Pásate a la tercera fila y escóndete, Cadete picannnnte !.
Definitivamente el Guatón Olivares no era del gusto de muchos de los Oficiales y lógicamente tampoco lo era del gracioso Rata.
¡Levantarse!, dice mi Teniente. Que alivio, estirar las piernas y sentir que la sangre nuevamente retornaba a los pliegues traseros de la rodilla y se reencontraba con mis articulaciones, distendimos los ligamentos y acto seguido maldecíamos al fondeado. Qué culpa tenía mi musculatura, hasta ese entonces bien cuidada y de culto?.
¡ Alinear !, ¡ Vistal !, ¡ Vistaaaallll Fré !. Nadie más se mueve.
Pues bien, como no sale el Subalférez, vamos a separar las filas y el Cadete Scavia los revistará uno a uno, hasta reconocer al fondeoooooo!!!.
Esa era la segunda medida implementada por, a esas alturas, el Rata Con……….. . Luego nos distanciamos las tres filas y el Cadete en cuestión, inicia su fatal peregrinar, por que esa pasada le costó su futuro casi inmediato. Nos miraba uno a uno, con su cara de espanto y a sabiendas que se lo comerían una vez finalizara el bochornoso incidente. Nada nuevamente.
Ante los nulos resultados de las dos revistas anteriores, mi buen Teniente se ilumina y cree encontrar la medida justa que le permitirá encontrar al malhechor y ésta consistía en seleccionar una cantidad de Subalféreces, los que pasarían adelante y además los haría hablar, para que de ésta forma el Cadete Scavia pueda no solo reconocerlo por su apariencia, sino que además pueda identificarlo por su voz y modo de dar la orden. Brillante idea!.
Dicho y hecho, el Rata comienza la maniobra y era el momento perfecto para elegir a sus regalones; vale decir, los que tenían un perfil, según él, de malacates, cogoteros, desfachatados, chicos, guatones, pelaos y espinillentos. Según pasaba por las filas, iba sacando a sus especimenes y los mandaba a formar al frente de la Escuadrilla. Así llegó a reunir como a 20 ilustres Águilas, los que indudablemente no se sentían muy placenteros, ante tal vejamen. La lista de los que salieron adelante es hoy un enigma y no vale la pena recordarla, pero en ella estaba indudablemente Olivares (Nota del Editor: Y el Mono también!).
A no dudar que los que nos habíamos quedado en la fila, nos sentíamos favorecidos, por que al menos no estábamos en la mira de nuestro Scherlok Holms y podíamos tomar "palco", de lo iba a suceder.
Olivares quedó de segundo hombre, de la veintena que conformaba la escuadra de fierro. Todos estaban con cara de degollados y el Rata comienza su inspección exhaustiva desde la cola hacia la cabeza, en compañía del Recluta, que a esas instancias ya era un cadáver viviente, mirándolos con un semblante que denotaba una completa confusión.
Por cada Subalféres que revistaba, la decía a Scavia: "……..es éste el Alférez que lo mandó?",a lo que el recluta le contestaba " no…no mi Teniente". Posteriormente los hacía hablar, decir algunas palabras en voz alta y denotando una orden, pero nuevamente obtenía un "No, no, mi Teniente".El pobre Scavia respondía en voz baja y más que respuesta era una súplica para que lo dejaran tranquilo y terminar de una buena vez ese fatídico día.
El siguiente Cadete de 2º año, "……….es éste el Alférez?", preguntaba y un "no", obtenía por respuesta. Pero no contento con ésto y mirando fijamente al elegido, volvía a insistir "…..está seguro que no es éste". "No mi Teniente", le reiteraba el recluta.
A medida que pasaba y no había resultados, lógicamente las posibilidades se le estrechaban, hasta que llegó a Olivares. Lo mira igual que a los otros, pero la diferencia fue que a éste lo observó con una sutil sonrisa en su rostro, como diciendo éste es y al mismo tiempo era la oportunidad justa para deshacerse definitivamente de aquel personaje que no le simpatizaba; con esto, además le podía dar satisfacción a las añoranzas de los otros Oficiales, los que en su imaginación seguramente le estarían pidiendo a gritos que aprovechara ese penal y lo pateara como Dios manda.
"……….es éste el Alférez?", dijo con su voz gruesa y transmitiéndole seguridad al recluta. Respuesta: "No", por enésima vez.
Mírelo bien pues reclutón, no lo reconoce?, ¡ Estoy seguro que éste es!, comentándose así mismo, en un tono de convicción profunda y olvidándose del motivo que nos convocaba. Continúa: Si señor usted es, ……..haber hable y diga "Cadete usted es un Cerdo".
Cadete, usted es un Cerdo…….. Mi Teniente !!, grita el agraciado Olivares, dándole en el gusto a su interlocutor y aproximándose a lo que sería el desenlace de esta historia.
Usted es, usted es el fondeaooo, Olivares !!!.
¡ No mi Teniente, yo no soy!, fue la respuesta casi en el límite de su paciencia.
¡ Usted fue Olivares!. Era la convicción y el Oficial en estado de máximo éxtasis. La respuesta fue casi instantánea: ¡ No, yo no he sido mi Teniente!, convencido que los dados estaban en su contra. ¡ Si señor, usted fue !. Insistía como un niño. ¡ No, yo no soy mi Teniente !. Como otro chiquillo.
Repita Olivares, usted fue!! Y en ese preciso momento mi buen Subalférez se ilumina y se percata que el penal lo podía patear él, no lo duda, toma la iniciativa y le grita en la cara al Oficial de Servicio de Escuela, con toda la energía que le quedaba: ¡¡¡……… Usted fue mi Teniente !!!, ya aburrido y saturado de tanta estupidez acumulada.
El resto de los presentes no nos aguantamos las ganas de reír a carcajadas, ya que con esa respuesta, que se podría catalogar de imbécil, el Subalférez Olivares le dio un merecido portazo al Rata en cuestión, en legítima defensa, considerando que era una imputación injusta y antojadiza. Nosotros que estábamos observando esta escena digna de una película de Federico Fellini, sencillamente aplaudíamos al Guatón. ……Maestro!!!.
En qué terminó el lamentable caso Scavia?: el Cadete vio truncada sus aspiraciones de ser un Aviador, se retiró a la semana de haber pasado el incidente, hubo heridos, también bajas, sudor, malos recuerdos, rencores hasta hoy guardados, el caso es que se trata de una historia que pasó hace 29 años y aún hay quienes buscan al culpable; pero, no será tarde?, si después de tanto tiempo esa persona ya no existe. La chiquillada fue solo eso y hoy, cuarentones, nos queda reírnos y recordarnos de la heroica respuesta del Guatón Olivares.

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