A LA CAZA DEL ZORRO
Autor: Supertribi
Autor: Supertribi
En su corcel cuando sale la Luna, aparece el bravo Zorro
Al hombre de mal, él sabrá castigar, marcando la zeta de Zorro
Zorro, Zorro, Zorro.
Al hombre de mal, él sabrá castigar, marcando la zeta de Zorro
Zorro, Zorro, Zorro.
Prólogo
Esta historia se inicia una fría tarde invernal, de un lejano día del mes de Julio ¿el año? ciertamente en el siglo pasado, 1977. Un Subalférez de la vilipendiada Escuadrilla Aguilas (sucedió apenas 5 meses después del Incidente Scavia) abandonaba sonante y campante la Escuela, por el Pórtico Principal, hoy denominada Puerta Antigua, con una sonrisa socarrona en el rostro y en su libreta de salida una nota que decía: cumpleaños. Plop.
La acostumbrada peladilla matinal en el pabellón de estudios, que se estilaba en aquella época jurásica, no se había podido realizar porque el festejado, inteligentemente, había tramitado por secretaría su permiso el día anterior, evitando así salir a peticiones frente a toda la Bandada y solicitarlo a viva voz al Teniente.
Notable y perspicaz plan, que aparentemente le permitiría salvarse del ritual. Aparentemente nomás, porque bastó una simple visita a la oficina administrativa de la 6° Bandada para confirmar el rumor. El Zorro efectivamente estaba con salida especial, por estar de cumpleaños, y no le había avisado a nadie. Nos sentimos profundamente decepcionados por su actitud poco amistosa.
Capítulo I – La Confabulación
Sorprendidos por la sagacidad del ya mencionado espécimen, acordamos dejar los saludos protocolares para su regreso, que en casos como ese se produciría tarde, muy tarde, cercano a la medianoche, cuando el toque de queda para cadetes entraba en vigencia.
Así que con toda calma iniciamos los preparativos, definiendo en primer lugar el obsequio que le íbamos a entregar. Hubo varias ideas, algunas muy ingeniosas, como el lavado intestinal con un tubo de Pepsodent. O la remoción de la placa bacteriana con betún Nugget.
Al final primó la cordura y decidimos regalarle un producto de tocador. Un champú experimental, versión Beta, anticaspa con propiedades reconstituyentes de la inteligencia. Según nuestra fórmula químico-profiláctica, la aplicación del bálsamo en cuestión permitiría irrigar el cerebro del Zorro, a través de los folículos pilosos, y por medio de un goteo, exógeno y ultrainvasivo, alimentar sus neuronas vírgenes en forma aleatoria, circunvirúmbica y transversal. ¿Capici?
Conforme, dijimos, manos a la obra. Empezamos por juntar en una bolsa plástica, debidamente esterilizada, abundante polvo de tiza (qué viejo) mezclada con pasta de lápiz azul, rojo y verde, generosamente donada por la asamblea y una pizca de cera de piso. Comenzó a formarse una masita opaca y gomosa, de aspecto muy pero muy feo.
Durante la cena se agregaron otros ingredientes: unas cucharaditas de aceite, otras de vinagre, abundante sal, medio vaso de jugo y un rico postre de sémola, que se cortó al tiempo uno. Y en la hora de casino, cenizas de cigarrillo, desde los más populares (Hilton 100, Belmont lo máximo) hasta los más selectos (Phillip Morris, Benson & Hedges).
Finalmente, un toque italiano, las pastas: de dientes y de afeitar. El resultado, un menjunje maloliente y pegajoso, que más que champú parecía vómito de Alien. Pero nos teníamos fe, era nuestra fórmula mágica, la pócima milagrosa, pasaporte directo al Premio Nobel.
Capítulo II – El Campo de Batalla
Nos fuimos a nuestros aposentos, aprovechando las garantías, privilegios y bondades del régimen de Escuela “tipo americano”, que autorizaba a no formar en la cuenta de la retreta y acostarse después de la hora de casino. Optimo. Era invierno, hacía frío, un poco lluvioso, ideal como para irse al sobre temprano.
Vivíamos felices en el último pastelón del ala weste, primer piso del dormitorio, una execrable y mohosa celda común, que albergaba a unos 30 reclusos de 2º Año, y que recibía el mote de “Sala Cuna”. Según el antiguo testamento, ese nombre provenía de pretéritos tiempos, cuando la Escuela era de 5 años. Los cadetes reclutas, que ingresaban con 13 o 14 años de edad, dormían ahí, por eso lo de Sala Cuna.
Nos tomamos un tiempito para habilitar el salón de baile, con algunas sorpresitas para el cumpleañero. El estante, metálico de tres cuerpos, lo corrimos hacia delante y girándolo en 180 grados lo pusimos de cara a la pared. La cama, ubicada en la última hilera de camarotes, con sábanas cortas. El pijama de franela celeste, marca Mentor, con nudos en las extremidades. La ampolleta roja, que iluminaba nuestras largas noches invernales, giro a la izquierda, off.
Antes de seguir, una aclaración: en la Sala Cuna habían 4 hileras de camarotes, separados por corridas de estantes, por lo que existían, por así decirlo, dos pastelones independientes. Uno era compartido entre los reos más peligrosos de la 5ª (mitómanos, “peófilos” y onanistas) y el primer tercio de la 6ª. El resto de los antisociales estábamos en el otro pastelón.
Bueno, el cansancio terminó por vencernos y sin darnos cuenta, los anfitriones nos dormimos uno a uno, olvidándonos que teníamos una fiesta de cumpleaños pendiente. ZZZZZZ
Capítulo III – Del Acecho a la Persecución
Muy avanzada la noche un extraño ruido nos despertó. Alguien estaba en la oscuridad, pasando la mano de lado a lado por un estante (Parece que era él). Ese alguien tardó algunos minutos en darse cuenta que el estante estaba al revés (Hum, era él). Y tardó varios más en girarlo y ponerlo de nuevo en posición normal. (Definitivamente, era él).
Todos permanecíamos en completo silencio y atentos para actuar en cuanto se diera la orden. Después de todo algo de criterio había en el plan, en el sentido que la tenida de salida era sagrada y no podía sufrir ningún tipo de daño (Artículo 31, 1er. Tomo del Cateo de la Aerolaucha y su Reglamento Complementario). Esperaríamos entonces a que se desvistiera.
Cuando finalmente nuestro amigo guardó todas sus cosas y se subió a la cama, un cinturón de judoka voló desde abajo, aprisionándolo contra el colchón. En ese instante ...Tatatatán tataaaaaann..., el imaginario sonido de un corno inglés interrumpía el obsceno silencio de la noche, avisando que se iniciaba la casería. El Zorro había caído en la trampa.
Una verdadera jauría de quiltros hambrientos se abalanzó sobre la ansiada presa, que con la desesperación de un animal acorralado se liberó de las amarras incorporándose raudamente sobre el camarote.
¡Agárrenle las patas, agárrenle las patas! decían unos. La víctima se defendía a pie firme, cual pirata sobre el tablón, lanzando patadas a diestra y siniestra, maniobra que le daba buenos resultados porque nos mantenía a distancia. Obvio, si con esa oscuridad nadie se arriesgaba a recibir una coz en la tarasca.
Entre los inútiles manotazos de ciego para arriba, y las amenazadoras chuletas para abajo, un genio tuvo la brillante idea de empezar a levantar el colchón por una esquina. En seguida se le unieron otros al esfuerzo y la situación táctica cambió radicalmente. Fue entonces cuando el valiente gladiador de las pampas, paladín de la justicia, héroe de mil batallas, sintiendo que se le movía el piso, no tuvo más alternativa que abandonar el barco.
Y en ese preciso momento, sucede una de las acciones más memorables de esta historia (poner cámara lenta, por favor) pues el Zorro, enfrentado a una situación límite, de apremio extremo, angustiante y sin salida, apela a sus últimas energías y sin decir agua va, salta por sobre nuestras cabezas en dirección a los estantes que estaban al centro del dormitorio.
Un brinco impresionante señores, monumental, colosal, onomatopéyico (ná que ver), epopéyico (ahí podría ser), tan solo comparable con el salto del Coronel Larraguibel, pero sin caballo, a lo largo y nocturno. Dos metros y cuarenta y siete centímetros separaban su camarote de los estantes, una proeza para no creerla, pero que fue real. Si que fue real. Claro que fue real. Pero más real fue el porrazo que se dio, porque con el impulso pasó cagando por arriba de los estantes, cayendo como saco de almejas al otro lado.
Entre las risas, con lágrimas y orina de algunos, y la incredulidad de otros, el Zorro se incorporó a duras penas y a pata pelá apretó cachete hacia los baños, perdiéndose en la oscuridad del pasillo. La presa se nos había escapado hacia la única zona donde no podíamos perseguirlo. El Chucho y el Pescado (brigadieres de la 4ª y 5ª Bandada) tenían sus box springs por ese lado, y si se despertaban estábamos fritos.
Bueno, dijo un optimista, en algún minuto este gallo tendrá que volver, no creo que se vaya a quedar allá toda la noche. Los termómetros marcaban 4 grados y bajando, así que nos fuimos a acostar y dejamos un vigía en rojo uno, con la misión de avisarnos en cuanto se produjeran novedades en el frente oriental.
Capítulo IV – La Captura Final
Pasarían unos 30 minutos cuando aparece el Zorro, morado, tiritando de frío y diciendo: “ya oh, me rindo”. Saltamos rápidamente de las camas y en el aire lo trasladamos hasta el altar de los sacrificios, que para la ocasión era la cama del Fonola, nuestro brigadier, que esa semana no estaba en la Escuela porque andaba en campaña con los Protecos. Así que, permisito dijo Monchito.
Entre paréntesis, si el Fonolín hubiese estado esa noche, lo habríamos hecho igual. Buena onda el loco, por lo menos con nosotros era más paleteado que un partido de ping pong.
Bueno, sigamos con la historia. Pusimos al capturado en posición horizontal, afuera el pijama, y aparecieron los dos elementos que teníamos considerados para el ceremonial: unas tijeritas diminutas, de esas plegables, que para lo único que servían era para cortar hilo, y por supuesto el champú propiamente tal.
El Zorro, entregado a su suerte, asumió estoicamente su destino y no opuso resistencia al clásico corte de vello púbico. No hasta que la oscuridad, el nerviosismo y la adrenalina propia del momento, casi transforman al peluquero en cirujano. Un pequeño error de cálculo, unos milímetros más, unos milímetros menos y la cosa se puso color de frutilla.
Se enojó el festejado y no era para menos. Una cosa era la peladilla y otra cosa muy distinta era operarlo de fimosis. Pero qué quería, si estábamos en la Escuela de Aviación, no en la Escuela de Medicina. Bueno, como haya sido, se paró abruptamente, herido en su máximo orgullo masculino y entre maldiciones, combos y escupos agarró la bolsa con el champú justo cuando se lo íbamos a administrar en el cuero cabelludo.
Quedó la pura espantadera. Sálvese quien pueda, corran por sus vidas, las mujeres y los subalféreces primero, etc., etc. Era que no, si nadie quería ir a bañarse a esa hora y menos con agua helada, acuérdense que la caldera funcionaba solo para la diana. El asunto es que el Zorro, indignado y furioso hasta decir basta, tiró su regalo de cumpleaños al que le cayera nomás.
La bolsa con la pócima milagrosa voló recto y nivelado por el medio de la Sala Cuna, se reventó contra un estante y salpicó su néctar para todos lados, dejando la mansa cagá en el pasillo, todo mojado, gelatinoso y fétido. Chanchán, se acabaron los festejos.
Capítulo V – Las Consecuencias
Y ahora cómo cresta limpiamos esta huevá, fue la primera pregunta. Con la ira, algunos afectados por la inesperada lluvia ácida tomaron el pijama y la bata del festejado y limpiaron lo que más pudieron. Pero no fue suficiente. La fórmula tenía componentes demasiado inestables como para sacarse el pillo pasando un pañito.
Un olor nauseabundo inundó el dormitorio y se hizo tan insoportable que tuvimos que abrir las ventanas. El frío entró, transformando la Sala Cuna en una auténtica barraca de campo de concentración ruso. Por supuesto que muy pocos pudieron dormir esa noche, congelados hasta los huesos y con una hediondez que se colaba por las frazadas con que nos tapábamos hasta la nariz.
Al día siguiente, en la revista de aseo matinal, el Fifo se encontró con una extraña costra de color café, que cubría grandes espacios del piso, muros, estantes y algunos cubrecamas. Flor de Nota en el Libro de Novedades.
Durante la hora de casino estuvimos como energúmenos pasándole virutilla, con el chancho arriba, para tratar de despegarla. Y enceramos el pastelón con abundante betún de zapato café para borrar las manchas del piso. Al final salió, pero el olor a caca de gato nos acompañó durante varios días más.
De más está decir que el resto de esa semana no hubo "sistema americano" para la 6° Bandada, porque luego de cada retreta nos quedamos en la losa apagando velitas a punta de tiburones. Todos menos uno. Y adivinen quién. Exactly. Porque el perla estuvo internado en la Enfermería, con un estado gripal. Bueno, en realidad con un estado gripal y una sutura de dos puntos en el que te dije.
¿Y cuándo te celebramos otro cumpleaños, Diego de la Vega?
Epílogo
A pesar del tiempo transcurrido y de la presencia del ladillento brigadier Alzheimer, se estima que los protagonistas, principales y secundarios, de este relato habrían sido, entre otros: Alberto Clavijo, Aldo Nebiolo, Ernesto Zamorano, Sergio Riquelme, Marcelo Amaral, Carlos Bertossi, Alvaro Carrasco, Humberto Flores, Sergio Fuentes, Eduardo Salas, Víctor Barahona, Samuel Mujica y Eduardo Suazo.
No obstante lo anterior y con la valiosa ayuda de los distinguidos lectores, lo más probable es que este reparto sea modificado.
Nota Final
Sobre los estantes de la Sala Cuna había una viga de concreto pegada al techo, que cruzaba el dormitorio de lado a lado. Es decir, entre el techo y los estantes no había más de 1 metro y medio. Por eso aún no tenemos una explicación al hecho que nuestro compañero de curso no se pegara en la cabeza cuando efectuó su extraordinario salto nocturno, lo que habría transformado esta historia en una tragedia. Al parecer en esa memorable y agitada jornada, plena de recuerdos inolvidables, el ángel de la guardia de la Escuadrilla Aguilas estuvo presente también. Enhorabuena.
FIN

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